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Umbrales, un relato sobre nuestro Día de Muertos.

Un relato del Día de Muertos

En conmemoración de nuestro tradicional Día de Muertos, les compartimos un relato que pueden encontrar en el libro “Tiembla el desierto“, de Carlos Grajeda, publicado por Literalia Editores.

Miguel, hijo de José, regresa gustoso a visitar a su hija en el Día de Muertos. A José no le agrada la idea de visitarlos, pues nadie lo recuerda. Cuando por fin cruzan el umbral para visitar el mundo de los vivos, ambos se llevan una gran sorpresa.

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Umbrales

–El tiempo es traicionero -susurraron desde la oscuridad- te hace amar la nostalgia y lo vuelve el único camino para los recuerdos felices.

–Pero siempre a cambio de morir un poco en cada sonrisa -respondió en complicidad un segundo balbuceo.

Sólo habían llegado las voces de Miguel y José, pero ninguno había tomado presencia de dónde se encontraban. Pasó un año desde su último encuentro, y ambos despertaron poco a poco sin descubrirse en un laberinto de niebla gris. El mundo se había convertido en el humo apacible que habitaron alguna vez, cuando un pensamiento lejano los llamaba a habitar su propia conciencia. Se escuchó el bostezo de Miguel ansiando el momento de hacerse presentes, José resopló y la bruma gris que los rodeaba bailó con el aire, sin permitirles definir su silueta en el mundo.

–¿Seguro que hoy es el día? Ni siquiera nos han recordado aún. Todavía no logro verte.

–Seguramente es porque aún no recuerdan tus ojos. -respondió Miguel, pues tampoco tengo oídos y ya puedo escucharte.

–Es porque no estoy hablando con la boca, José. Todavía no tengo una. Tal vez a eso se refiere la gente con esa gastada frase de “hablar con el corazón”.

–Pues ya me estoy desesperando.

–Calma, que apenas va a terminar la tarde. Además, todo el año lo pasas de fiesta en fiesta; sería bueno que una noche al año la pases con tu familia.

–Es fácil para ti decirlo. Tuviste toda una vida para disfrutar del mundo. Yo me morí apenas me casé con tu madre, qué casualidad, ¿no crees? -bromeó José, incómodo por no sentir un espacio el cual habitar, y continuó. -Supongo que nos quedaremos así hasta que algún pariente tuyo nos recuerde como es debido.

–También es tu familia, no se te olvide.

–Pero sólo a ti te conocieron. Estoy seguro de que no tienen ni una foto mía.

Callaron unos instantes, confiando en que no serían olvidados aquel día. Recordaban, como cada año, aquella multitud de luces y flores con que volvían a pasearse entre los vivos. Durante todo este tiempo Miguel le había hablado a José que Mariana, su primera nieta, con apenas cuatro años dibujó con crayones a su familia entera.

— Tienes una bisnieta sumamente talentosa, papá. Hace unos meses la visité, en el cumpleaños de tu nieta. Estoy seguro que ahora mismo está acomodando ya el papel picado y las flores de cempazúchitl para que vayamos a visitarla.

Aquel día Mariana no acudió al jardín de niños; se quedó en casa con su madre, fascinada todavía al hablar por primera vez sobre el día de muertos. Su maestra obsequió a todos sus alumnos una blanca y colorida calaverita de azúcar, enorme en las delicadas manos de Mariana. Cruzó el portal del panteón acompañada de su madre, para confundirse en la multitud de visitantes que recordaban a sus ausentes.

Como toda artista, no se despegaba de su bolsa en la que guardaba sus crayones y un cuaderno para dibujar, además de llevar entre sus manos un ramo de flores amarillas.

–¿Por qué hemos venido, mamá? – preguntó Mariana, al ser la primera vez que participaba en aquella celebración.

–Vamos a recordar a tu abuelo Miguel. Él era mi papá.

La niebla que rodeaba a Miguel y a José comenzó a darles una tregua.

–¿¡Lo ves?! ¡Ya están empezando a recordarnos!

El rostro de Miguel escapó de la bruma, y José suspiró aliviado para reconocerse a sí mismo junto a su hijo.

–Pues hasta ahora sólo a ti te recordaron. Hace mucho tiempo que no me piensan. Ya sabes que sólo me gusta venir por toda la fiesta que se hace.

La bruma que los rodeaba dejó de ser una barrera para existir entre ellos. Poco a poco, se develaron otras siluetas en el espacio, caminando de un lado a otro, atendiendo sus propios asuntos.

–Pues hoy estará muy concurrido, Miguel. Es seguro que me voy a encontrar con uno que otro conocido.

Miguel y José caminaron entre la bruma, aún alejados de todas las sombras que buscaban ser recordadas aquel día. Miguel, con un paso más relajado, se distinguía más en la lejanía que José, pues su cabello cano parecía hacerlo brillar en la oscuridad. En cambio José, a pesar de ser más alto y gozar de la espalda fuerte con que murió en su juventud, su cabello negro se confundía con la niebla que de vez en cuando se iluminaba con las luces cálidas del festejo. Los contornos distantes comenzaron a rellenarse con personas hechas de recuerdos, y como tales, también tenían sus propias voces.

–Dicen que pueblo chico, infierno grande, Miguel. Mira, allá va don Javier. ¿No te quedó debiendo dinero?

En ese momento saludaron a lo lejos a uno de ellos, y aquella sombra correspondió el saludo, sólo para desaparecer rápidamente junto a una luz entre la niebla.

–Pues sí, era él, papá. En cuanto nos vio salió rápidamente para visitar a su gente, qué casualidad. Creo que se va a reencarnar primero antes de que me pague.

Comenzaron a poner más atención en lo que les rodeaba. Un músico que cargaba una vihuela pasó rápidamente junto a ellos, como si se le hubiera hecho tarde para su presentación.

Al irse reconociendo, la gente empezó a agruparse para visitar juntos a sus parientes. En la bruma se distinguían las familias de difuntos, reunidas junto a una congregación de luces de pocos y muchos miembros, mientras que en el panteón, llegaban los demás familiares a preparar la noche para sus ausentes. Mariana y su madre llegaron al pasillo de nichos en que descansaban los restos de su abuelo. En sus últimos minutos, el sol se despidió contrastando las tumbas entre sombras y la luz dorada del atardecer. Las veladoras se adueñaron de la noche, precedidas por el aroma de cempazúchitl e incienso que acogía a cada visitante. El pasillo, inundado en sus orillas por veladoras y marcos de fotografías parecía estar hecho de haces de luz que hacían bailar en sombras a las columnas del recinto. Al llegar al nicho, Mariana depositó el ramo de flores en el piso.

–Ya huele a flores, papá. -dijo Miguel, al aspirar el aroma recién llegado.

Siguieron caminando en aquel espacio donde la bruma se había disipado, y constantemente saludaban y charlaban con los demás difuntos. José no les respondió, pues desde hace muchos años había dejado de visitar a los vivos.

La madre de Mariana sacó de su bolso un portarretratos con la fotografía de su padre. En ella, se mostraba Miguel con un rostro tranquilo como siempre había sido recordado. Ella encendió una veladora y la sumó a todas las del pasillo.

–Mira, papá, ya encendieron nuestra luz. ¿La ves?

A lo lejos, de la bruma nació una farola más, cortando la niebla y ambos caminaron hacia ella. Era la luz, invitándoles a pasar unas horas en el mundo nuevamente y Miguel dio un paso más. Se disolvió casi al instante, con el tiempo suficiente para hablar con José una vez más: “te veo del otro lado” escuchó.

Día de los muertos

Miguel se encontró otra vez en el mundo. Las personas que había saludado anteriormente estaban visitando a sus vivos, y frente a él, su hija y su nieta rezaban delante de su nicho. Le habían traído una pieza de pan de muerto, que él con gusto tomó y la comió en trozos para no terminarla muy pronto. Notó que en los ojos de su hija se reflejaba la añoranza de aquel día, tal vez esperando hablar una vez más con él.

“Es sólo en la vida cuando nos sirven las palabras, hija. Después, sólo nos queda el perdón.” Le susurró quedo al oído, y la abrazó. Ella dejó escapar un suspiro mientras le sonreía a Mariana. Miguel miró a su alrededor, y se dio cuenta que la celebración había comenzado. El cielo nocturno parecía haber bajado al camposanto: cada veladora se había disfrazado de estrella entre las nubes naranjas de cempazúchitl. Entre las tumbas caminaban sin distinción familiares y difuntos, algunos con el duelo todavía encima, otros con sus pensamientos más descansados. El músico de la vihuela pasó rápidamente entre la gente, y se agrupó en un mariachi que daba la bienvenida a uno de sus integrantes.

Un padre y un hijo depositaron un ramo de rosas en uno de los nichos y una mujer lo levantó agradecida llenándolos de besos, mientras que ellos sentían en cambio el fresco aire de la noche. Una pareja de ancianos, de los cuales sus nichos habían quedado separados, aprovecharon la velada para pasear juntos entre las tumbas, visitando también a sus antiguos amigos. Miguel se dispuso a disfrutar la noche y terminar de saludar a uno que otro pariente y amigo, pero a quien ya no pudo encontrar fue a José. Decidió esperarlo junto a su nicho, haciendo valer cada minuto que su hija y Mariana estuvieran con él.

–Ya es hora de irnos, despídete de tu abuelo. -le indicó a Mariana.

Miguel la miró, preocupado, porque no había llegado José. Mariana, siendo un alma nueva, dijo en voz alta, sin dejar de mirarlo con una sonrisa:

–Adiós abuelo.

Miguel se sorprendió al darse cuenta que se despidió directamente de él, y le devolvió el saludo. Rápidamente descubrieron que no había frontera entre ellos, y comenzaron a platicar en silencio.

–Ven, Mariana, necesito que me hagas un favor.

Ella, sin decir nada a su madre, caminó junto a Miguel, llevándola a través de las tumbas a la sección más antigua del recinto.

–¿Quieres conocer a tu bisabuelo? Sólo hace falta que hagas un dibujo de él, como la artista que eres. Era un señor muy serio, pero de muy buen corazón. Algunas personas ya lo han olvidado, pero tú puedes ayudarme a recordarlo. Él era mi papá, y el abuelo de tu mamá.

Mariana sacó su cuaderno y uno de sus crayones, y dibujó la silueta de un hombre, del cual Miguel le indicaba ciertos detalles para hacerlo parecerse más a él. Absorta en su arte, dibujó flores multicolores alrededor de su bisabuelo, y colocó su obra sobre la tumba a la que habían llegado.

Su madre no la interrumpió mientras dejaba junto al dibujo la calaverita de dulce que le habían regalado, y volvió a tomar su mano. Ambas se acercaron a ver el nombre grabado en la vieja tumba. Entonces sacó una veladora más de su bolso, y la encendió mientras rezaban junto a ella.

–¿Lo ves, papá? A lo mejor no hay alguna foto tuya, pero no hay mejor recuerdo que cuando estás en el corazón de un alma joven.

–Es sólo que había olvidado que en la muerte, renacemos en miles de vidas. -respondió José, y dio una palmada a su hijo, mientras miraban a su herencia rezar por ellos. Mariana y su madre limpiaron un poco la tumba de José y dividieron las flores para los dos. Su madre había reconocido que por primera vez, ambas estaban visitando las tumbas de sus abuelos.

Las veladoras quedaron encendidas mucho tiempo después que la mayor parte los visitantes se habían ido. Cada difunto volvía a su mundo conforme cada luz se apagaba.

–Te veo del otro lado, papá -alcanzó a escuchar José, mientras disfrutaba de cada momento de los recuerdos que creía haber olvidado.

Cuando estuvo listo, él mismo sopló sobre su veladora para regresar con los suyos, leyendo en voz baja el epitafio de su propia tumba que por mucho tiempo se había perdido en el olvido:

Vivamos en las leyendas del aliento eterno.
Juan José Domínguez, 1882 – 1916.

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